LA POESÍA EN LA RIBERA EN LOS ÚLTIMOS DECENIOS
por Fermín Heredero, publicado en la revista En Plural. Cuadernos Burgaleses de Cultura, Asociación Cultural Dossoles, de enero de 2002.
Tengo un buen amigo aquí en La Ribera, tendero de electrodomésticos para más señas, que desde hace ya años me viene diciendo con el asombro de quien ve confirmada cada vez más su premisa: “No me extraña que en esta zona nuestra se mantenga todavía vivo el folklore y florezca el genio en los poetas, pintores y demás artistas. Poseemos los ingredientes que necesitan: montes que nos rodean y limpian el aire que respiramos, alegría comunicativa y merenderos que crean grupo y despiertan el ingenio”. “Así es, aunque algo más hará falta”, le contesto yo. “Por supuesto. Ni que decir tiene”, añade él.
Los montes, unos autóctonos de enebros, sabinas, encinas y otros repoblados de pinos, coronan las lomas y anidan La Ribera. Aranda se resiste a despegarse de la vida comunicativa y espontánea de los años 60, anteriores a la industrialización; la modosidad de la perfecta urbanidad se rompe con el bullicio de muchas de sus calles y el aire campechano y abierto se conserva en gran parte de los ciudadanos. Los merenderos y bodegas de la comarca y de la propia Aranda duermen durante el día y levantan su regocijo al anochecer, sobre todo los fines de semana y durante el verano, para dar rienda suelta a la alegría, la broma ingeniosa, la polémica y hasta a la misma creatividad.
Indudablemente no basta sólo con eso, pero más de un escritor, editor y más de algún crítico y experto en literatura o en arte, que no gozan tan permanentemente de estas estaciones para repostar y limpiar las brozillas que la civilización nos va dejando en las baldosas y paredes de nuestra parte más humana, nos hace votos para que lo conservemos, disfrutemos y para que nos compenetremos en unidad con ello. Es el caso de nuestro querido amigo Alejandro Campos -Alejandro Finisterre-, poeta y editor, verdadero dinamizador de la literatura española en el exilio americano, que se ha llegado hasta estas tierras para escribir sus memorias. Es el caso de nuestro querido hispanista, valedor y amigo Gabriele Morelli, que no hace mucho nos escribía para desearnos éxito y larga vida a Cuadernos Telira: “Es un momento de paz interior: pero Aranda no es sólo monumentos en que se reflejan las aguas del Duero, ni tampoco es sólo vino y naturaleza. La pequeña ciudad de Castilla y León tiene una vida cultural rica e intensa, animada por jóvenes escritores y artistas.” Es el caso de nuestra admirada poetisa María Sanz, justa ganadora del XXVI Premio de Poesía “Ciudad de Burgos”, que en carta dirigida a uno de los poetas de La Ribera, alude así a uno de sus libros: “Como a mí me encanta todo lo castellano, entiendo perfectamente la suavidad del transcurso que se percibe en cada imagen poética. Ojalá nunca pierdas el contacto con ese paisaje, pues en las grandes ciudades hay que ahondar mucho para verse”.
No hace falta añadir nada nuevo. Quizá hacer notar a los lectores que hoy los libros llegan a todos los rincones sin dificultad. ¿Por qué en todos los países y literaturas van tan unidas poesía y naturaleza? ¿Por qué forman alma poesía y hombre? Para hablar de la naturaleza y el hombre hace falta haberlos palpado y convivido. Por supuesto que la gran ciudad ofrece también sus ventajas: un caudal enorme para distintas experiencias y temas; en ella se está más en contacto con los medios de comunicación y con autoridades y personalidades más importantes y de mayor influencia. ¿Pero son los medios, autoridades y personalidades los que hacen el arte? ¿Son los que deben dirigirlo y marcar lo que es mejor o peor? Armas afiladas estoy dando a los chismosos para que armen rencilla con sus sofismas. “Nos quiere meter gato por liebre”. No, señor. Es necesario hoy más que nunca para cualquier actividad, y especialmente para la creación artística, deshollinar los cerebros, que se manchan con el agobio de esta civilización. Es necesario hoy más que nunca salirse del embudo obsesivo en que se puede caer andando por los despachos, oficinas y naves industriales o por las calles de la gran ciudad. Aunque no basta con eso. No cabe duda de que permanece también lo que siempre se ha dicho: oficio y técnica. Pero en una mente que pueda dedicarse en pleno al oficio, cuando se ponga, y en una mente que pueda recibir y aplicar sin polvo la técnica. Inspiración e intuición ya vendrán.
Muchos años han transcurrido desde que se empezaron a cantar las letras de Fortun, verás, cuando se bebían “chicos” y “gordos” de clarete en la taberna de La Cadena, o aquellas que hacen referencia al caballo del tío Matute, a la plaza del Trigo, a Fuenteminaya, a la bodega del Navarrete y a tantos lugares y personajes de Aranda y la Ribera. Este folklore popular, que todavía hoy mantiene sus ramas verdes, convivía con las inquietudes intelectuales, artísticas y literarias de personas y grupos más reducidos. Pero los tiempos cambiaron, la enciclopedia se sustituyó por los libros de texto y la cultura abrió sus puertas, más grandes a los ricos y más chicas a los pobres, para que entrara por ellas el que quisiera, unos sin estrecheces, otros con el cinturón apretado.
Resurgieron inquietudes por el cine, la pintura y la escultura, la música, la literatura, el teatro, que navegaron en grupo -Clunia Teatro de Cámara, Cineclub Duero, Los Trova- o en solitario. Las mismas aguas les llevaron a unos a remansos donde disfrutan de su sola paz, a otros a orillas en las que desembarcaron, a otros por corrientes aún vivas y que los años dirán en qué tierras, subterráneos o mares acabarán.
Pero nos interesan aquí las voces líricas. Por esos años se daba a conocer Antonio Reis, que en su adolescencia y juventud publicaba en revistas y ganaba sus primeros premios de poesía; después vendrían más premios como guionista de radio y novelista. También veíamos entonces las limpias y conseguidas creaciones de Sulidiza, los reflexivos y bien construidos poemas de Julio Aguilar, los logros y premios de Román Morchón, con su voz clásica, dulce y tierna unas veces, épica o contemplativa otras, codeándose con los jurados y ganadores de los Juegos Florales, que, admitámoslo, hicieron su labor entonces. Él mismo sembró el afán por la lírica en numerosos adolescentes y jóvenes.
En los inicios de los años 70, los que acabábamos de encontrarnos con la juventud y manteníamos inquietudes poéticas, abríamos nuestros ojos para contemplar con admiración los poemas y el paso por estas tierras, durante unos años, del leonés Agustín Delgado. Se creció el impulso en nosotros, que se mostraba a través de recitales que llenaban el salón del Teatro Clunia en la calle El Hospicio o la iglesia de San Juan, con poemas propios o de León Felipe, Blas de Otero, Miguel Hernández, Lorca, Alberti. Y hasta otros jóvenes poetas de otras zonas se acercaron a Aranda para recitar sus versos: Luis Díaz, Francisco Sanz, Javier Cabornero, Andrés Velasco. El también joven Pascual Izquierdo publicaba por aquel entonces sus primeras obras, La exactitud de las catedrales, entre otras: su palabra crecía e iría creciendo hasta hoy. El arandino Urbano Pardo ganaba el V Premio San Lesmes con La otra llanura, obra reflexiva y dignamente elaborada.
Tras el ajetreo de la transición, junto a los dichos y en pleno auge artístico de La Ribera, cuyo mayor exponente en el exterior era A ua crag, aparecía una nueva voz. La de Manuel Arandilla, que desde el 81 al 88 sacó a la luz cuatro poemarios de búsqueda y experimentación, tanto por su carácter evocador como por la forma constructiva y visual de los versos, o por la impresión del mensaje ante el lector: “Ya que el mar se oye: / al alma más hermosa / excluida de la esfera / encerrada / al caminar más dudoso / que se ausenta de los cuerpos / que grita y desespera / al morir infatigable / de la noche”, de Al ritmo de tus pasos. “La sibila compuso / su omega / con la piel de la rosa / en un festín cárdeno; / el dardo de la diosa / dislocó la mano / del ocaso; / el faquir araña / el aire de la celda: / erosión del labio”, de El abrazo; “Contigo, contigo otra vez, ramal de cinco espadas; / contigo, por ser luna y disparo y jazmín / y luna otra vez y guiño de peonza / y guiño de verdad entre el penacho de ondas de este río”, de Capitel de la luna.
Casi por los mismos años, desde el 79 al 88, Guillermo Tejada publicaba tres obras: Poemas grises, Vivencias, y En silencio. La introducción de una de ellas nos expone el carácter de sus composiciones: “Una cierta concepción existencialista de la vida se refleja en toda su poesía, que, a pesar de lo corriente de sus palabras, trata de tener una cierta transcendencia. Poesía varonil, en su enfoque, trata de ser una poesía humana y actual en todos sus aspectos.”
El sentimiento, la sinceridad, entrega y generosidad del joven Heliodoro Esteban se daban a conocer en el 87 con Diario de una ausencia, en el 88 con Faro Lejano, premio San Lesmes, y en el 89 con Hombre en camino: Poesía fresca, que se abre paso entre las sendas dejadas por los clásicos, ya meditativa y profunda para edad tan temprana. A la vez, seguían permaneciendo los poemas de los mayores, Sulidiza, Román Morchón, Julio Aguilar, el brillante Juan José Valenciano, arandino profesor en el seminario de Osma. Alguien insertaba la creatividad en los adolescentes, que se fraguó en un libro de poemas realizado por alumnos: Desprendido de sombras: composiciones diversas en la técnica, el tema y el estilo, como corresponde a los distintos autores, poesías llenas de vitalidad y esperanza: “Me he asomado al correr de la vida / y he tirado la pluma en el agua. / Y me sobra el azul de la tinta / si hay azul de ilusión en el alma.” “La noche, / sin apenas abrir los ojos, / subía por los zapatos de charol.” “Sentirse. / Sin palparse las formas / o mirarse en el espejo; / sin nombre que te nombre / o te vista o te asfalte / o te suponga; / sin razón que te explique / o te aliente o te condene. / Ser, / simplemente ser.” La poesía estaba en el aire de La Ribera y crecía con él.
En el año 90 se convocaba por primera vez el Premio de Poesía “Santa Marta-Villa de Aranda”, que después pasará a llamarse “Villa de Aranda”, promovido durante años por Juan Velasco, presidente de la Federación de Hostelería; posteriormente lo organizará la Asociación de Vecinos de Santa Catalina y finalmente Telira. Premio alcanzado por poetas de la talla de Teresa Núñez, Terrín Benavides, Bernardo Cuesta, César Tomé o Jesús Rubio.
Y el mismo año aparecía un nuevo libro del sotillano Pascual Izquierdo, En este fin de siglo, con sus imágenes sorpresivas, asociaciones insólitas y personales para dar un golpe de pálpito en el lector: “En este fin de siglo / todos los días se pudre al menos la raíz de una palabra / y se despueblan palomares cuando presienten el ocaso / o la amenaza del obús. /…/ En este fin de siglo / el tiempo es un erial sembrado de guarismos inútiles, / de viejos puñales ya olvidados.” Tres años más tarde, publicaba también, dentro de la misma línea, Pasillo para aguas, aves y vientos.
Y otro crítico, poeta y amigo de los poetas de la Ribera, el palentino César Augusto Ayuso, ultimaba por ese entonces en Aranda, en los ratos que le dejaban la docencia y las visitas a la biblioteca, la obra que sería ganadora del Premio Antonio González de Lama, en León. César, conocedor de todos los caminos por los que había transitado y transitaba la poesía, funde en Las verdades del trigo las flores temáticas y formales del momento: naturaleza y campo vividos, hogar y amor, recogimiento y dulzura, el ser volcado en los años y en los días, densas y cariñosas olas estilísticas que quedan en la memoria y en un sereno y asentado sentimiento: “La hoz murió en tu pecho y, con ella, una manada de madrugadas suavísimas de agosto, labios abriéndose a la ebriedad del sol. / Verán por los ojos cómo se gana el pan. La liturgia soñándose aún más pura en la constelación de las espigas, en la estampa del oro, donde es preciso rendirse a su regazo.”
En el 92 Manuel Arandilla nos congregaba en el salón del Mesón El Roble para ofrecernos su nueva obra Urdimbre de soledad, con la voz de la andadura, que acumulaba la búsqueda anterior en un equilibrio entre el hallazgo de la imagen y la claridad del mensaje: “Paz. / Que no suban los carros de fuego a buscar el fuego, / para no destruir la luz, compañera del hombre. / Que el alba dure al alba y la noche a la noche, / mañana. /…/ Que se sostenga la luna sobre un grano de arena. / Que el sueño sea hogar habitable. / Que del desierto nazcan las flores más hermosas. / Que sea. / Que seamos, aún más, y para siempre.”
Pocos meses después Heliodoro Esteban congregaba de nuevo a los amantes en la presentación de Éxodo de amor, para deleitarnos con su lirismo y la transparencia de un sentir abierto, franco: “Eras para los ojos de mi alma /…/ frágil rayo de luz en la espesura / de mi noche cruel y casi eterna. / Vena vital, vibrante e interna / sensación silenciosa de dulzura”. “Como mar incontenible / se derramará la noche. / Y amanecerás / con los recuerdos a medio poner sobre tu cuerpo, / calzando tus silencios de verano, / tu sonrisa de ánimo / y tu casi eterna / desesperanza.”
Estos últimos, Manuel y Heliodoro, volvían a publicar en el 98: Hombre baldío y Tierra nuestra, respectivamente. En Hombre baldío, con su verso libre Manuel medita y se interna en los valles del alma: hombre y agua para la vida, tierra, encuentran un mensaje más llano y un lecho tranquilo para fluir, adecuados a la intención del autor y al tema. Tierra nuestra, de Heliodoro, es un canto sincero a los castellanos y a Castilla, desde su corazón dolorido o gozoso: el pasado, el hoy y el futuro, la tierra y los personajes, las calles y el campo, la infancia, juventud y madurez, todo lo que han recogido los ojos de la experiencia y la memoria. Para este canto el autor ha tomado el mejor de los caminos: suenan y abundan los sonetos, los romances, y su verso es medido y variado, con predominio de endecasílabos, heptasílabos y octosílabos.
Será el agua de una nueva fuente la que cierre el siglo lírico de La Ribera: un joven poeta, Juan Carlos López, que ve sus afanes plasmados en su primera obra, Olalva, accésit del Premio Joaquín Benito de Lucas. La nueva voz es sugestiva y evocadora, donde ya se vislumbran las sensaciones envolventes que quedarán navegando por el ánimo del lector en obras posteriores. Su verso corto ofrenda al amor los sones juveniles del agua: “Encontrarte en el vértice / justo / del estío; / burlar la manecilla / que liba sin pausa / la hiel de los minutos; / trenzar el mediodía / con diagonales de lluvia / y darte el beso de agua / que te debo, / como la nube a la piedra, / de humano a humano. / Encontrarte / en la marchitez de cada momento / último / que no anduvimos, / por vivir, / mi amada, / sólo por vivir.”
Pero en este último decenio de siglo la poesía andaba de nuevo no sólo en los libros y en las presentaciones sino también en reuniones, conversaciones fortuitas, en el teléfono o en tertulias libres que congregaban a los inquietos y sembraban un nuevo empuje. Los mismos componentes del jurado “Villa de Aranda” estrecharon lazos líricos entre sí y con otros poetas; nos fuimos conociendo casi todos; a la par se crearon grupos de jóvenes escritores, que se reunían donde podían, en casa de alguno, en el parque General Gutiérrez, en el apartado de algún bar; y de vez en cuando, los que ya habíamos adquirido alguna experiencia cenábamos en algún merendero de Aranda o de La Horra o en La Tasca, para polemizar sin solemnidades ni aspavientos sobre la poesía, los trucos de la creatividad, con los poemas junto a la bandeja de chuletas asadas o junto a los deliciosos platos que Luis Mateos nos ofrecía. Había gente y había surco fecundado; y sobre todo había poesía.
Con la nueva entrada del siglo el aire que llegaba a La Ribera desde los montes que la anidan se hace más limpio y sensitivo, crea ya una verdadera comunicación entre sus poetas y les señala un lugar para reunirse. Olga Arauzo y Antonio Reis, que nunca había dejado dormir su poesía ni su pintura, Julio Aguilar, el poeta y columnista Manuel Prado, Evaristo Camarero, fiel amante de la lírica, llevaban rondando la ocasión de crear una tertulia literaria. Heliodoro Esteban, Juan Carlos López y Fermín Heredero se reunían periódicamente, para leerse sus creaciones y polemizar sobre ellas. Ape Rotoma contactaba con Juan Carlos. Con Manuel Arandilla se hablaba de esa posibilidad. Sólo faltaba que alguien cogiera el teléfono y convocara. Y allí fuimos todos y algunos más, a los locales de La Tertulia, locales protagonistas de la cultura arandina del último siglo y medio. Poemas, comentarios, primero con el tiento de los recién nacidos, después con los pasos sueltos de los muchachos. Y seguimos yendo, unos más mayores, otros medianos, jóvenes los demás.
Durante los meses en que se suceden estas tertulias, se publicaban y se presentaban en el salón de la Casa de Cultura, dos obras de un servidor, Fermín Heredero. Alacena de tu prenda, premio de poesía “Villa de Chiva”, en junio de 2000 y Al son de tu llamada, premio de poesía “Ciudad de Miranda”, en diciembre del mismo año. Transcribo lo que el hispanista Gabriele Morelli dice de la primera en carta dirigida al autor: “Lo he leído varias veces y vuelvo a expresarte la primera impresión que he tenido: se trata de un sentimiento fuerte y sincero de ofrenda amorosa que se transforma en canto, gracias a la totalidad del acento y a la fluidez de la dicción poética”. Transcribo también lo que el crítico de poesía y prologuista, el burgalés Fernando Gómez Cabia, expone de ella: “Sorprende la breve y eficaz arquitectura. El verso, que es de los que suenan, queda suelto y vivo en coherentes y eficaces imágenes, en densos poemas, pero a la vez un hilo sutil enhebra el discurso con una suerte de estructura argumental magníficamente apoyada en la forma”. ¿Elogios para lo que entra por ojo derecho? Juzgue el lector: “Ni el aire será nuevo / ni cambiarán de nombre las estrellas, / ni saldrá más noches la luna, / ni el sol depondrá su puesta en el oeste. / No tengo poder para alterarlos, / pero puedo cambiar tus ojos para verlos. / Te daré mi amor, / que ayer no lo tenías / y temblarán tus venas al sentirlos, / ensancharás tu corazón para arroparlos. / Y el cielo será distinto, / será tu cielo y el mío.” Confieso que trato de huir de las palabras tan manoseadas en poesía, pero a veces es inevitable y ellas solas se cuelan y se escriben. El mismo Fernando juzga así Al son de tu llamada: “Emociona la vía mística y vital del poeta. Surgen de nosotros, lectores, voces al abrigo de sus dudas, preguntas viejas y antiguos cauces de madrugada y frío. Sentimos con su lance la luz, el alba de lo que ya conocíamos pero que sospechábamos apenas, como todos los misterios arcanos (nosce te ipsum, pedían los viejos agüeros). Y todo va sin aliviaderos fáciles ni artificiales, radicalmente, con la verdad del peligro y los desiertos del alma. Desgarro, dolor y gozo, cansancio y felicidad al fin de la jornada del viaje único al que no debe renunciar el Hombre: el de ser.”
Las tertulias iban madurando, los versos se trasladaban de los labios a las conciencias, del sentir al sentir, en la quietud de la sala, para convertirse unas veces en aprobaciones de susurros, en ojos asombrados y escrutadores del tono que se mantenía todavía en el aire, otras veces en opiniones críticas y curiosas, que se encaminaban a polémicas, más o menos tensas, sobre el papel de la poesía, sobre su mundo y su “inmundo”, sobre su ser y para qué. Pero cada intervención iba poniendo en su sitio un órgano nuevo al cuerpo que crecía y se formaba. Era la hora de constituirse oficialmente, exigencia que los nuevos tiempos pedían. Y en enero de 2001, en una de las tertulias, se presentó un borrador de estatutos; se leyeron éstos, se modificaron, se pasaron a limpio, y se llevaron al organismo oficial correspondiente. Se eligió el nombre de Telira, Tertulia Literaria Ribereña Arandina, para la nueva asociación y sus componentes: Olga Arauzo, Antonio Reis, Ildefonso Ramiro, Yago Reis, Pedro Miguel, Ape Rotoma, Pablo Domingo Gavilán, Manuel Prado, Evaristo Camarero, Tomás Medina, Javier Cebrecos, Elías Domingo, Esteban Nicolás, César Tomé, Heliodoro Esteban, Juan Carlos López y Fermín Heredero. Pobres como somos, solicitamos amparo y patrocinio: Nuestro Ayuntamiento de Aranda y Caja de Burgos respondieron afirmativamente, aunque todavía quedaron y quedan muchas ilusiones por cubrir. El 1 de febrero, jueves, nos dábamos a conocer al público y a los medios de comunicación. Empezábamos bien: los principales pilares quedaban asentados: dos tertulias al mes, una abierta a todo el público, la otra para los socios; Cuadernos Telira, cuyo primer número se pone en marcha en ese momento, a meses vista, tiene de sobra de dónde alimentarse, por dónde extenderse y agrandará sus colaboraciones; el premio de poesía “Villa de Aranda” pasa a ser de poemario y nace ya crecido y asentado. El 7 de febrero Telira muestra sus pretensiones con el primer acto público que organiza: Gabriele Morelli, presentado por Alejandro Campos, llega desde su Universidad de Bérgamo, en Milán, para dar una conferencia sobre Gerardo Diego y la generación del 27. No se pretende únicamente meter ruido. Telira aprovecha la circunstancia para extender la poesía: el día 8 se llena el salón de Caja de Burgos con los estudiantes de 2º de bachillerato. Queda un lazo lírico y firme, que estamos seguros permanecerá, entre Gabrielle, Alejandro y Telira.
Hasta estas fechas del verano de 2001 se han sucedido las tertulias, que poco a poco ensanchan su cauce en animación, opinión crítica y polémica; estoy seguro de que con sus componentes alcanzarán el meollo que pretendemos. Nos han prometido su asistencia y participación poetas de otras tierras; sean bienvenidos. En ellas se escuchan distintas voces: unas más trabajadas, otras más espontáneas, libres, medidas, serenas, impetuosas y urgentes, gozosas, desarraigadas, amargas o calurosas. Pero no sólo de tertulias se ha alimentado Telira, aunque con ellas hubiera sido suficiente: En mayo presentó en acto público la obra Entrada para la vida, premio Esquío de 2000 y el mismo mes ofreció un recital del poeta Octavio Uña, que se acercó hasta estas tierras para hacernos gozar y sentir con sus versos. Y por fin el primer número de Cuadernos Telira ha visto la luz y ha sido presentado a lo largo del mes de junio en La Ribera y fuera de la Ribera. Es la flor primaveral de sus poetas. Todo ello queda como una muestra de su vida y actividad y, sobre todo, como una muestra de la receptividad hacia la poesía del público de nuestra comarca, en unos tiempos tan duros y difíciles para la lírica.
Nos toca ahora conocer individualmente cada una de estas voces, palpar al menos brevemente los versos de cada uno de los poetas de Telira:
Antonio Reis, Arenasil, acumula la voz de la experiencia en sus temas y en su estilo. Después de haber recorrido tantas sendas en sus lecturas, la agudeza de su oído ha elegido navegar con decisión por el ritmo, el tono de los metros clásicos y por la imagen que sus versos dejan en las propias manos del lector, palpable y desnuda de artificiosidades. La mirada serena sobre el tiempo y el ser descansa en sus sonetos: “¿Por qué mirar atrás, si no hay puente, / una tabla, una tosca pasarela, / un balandro inseguro, ni una vela, / para dejar la orilla del presente?” Su intuición y técnica captan el momento y el detalle donde se condensa lo trascendente: “Ni siquiera un desdén: basta una helada, / un gesto despiadado, el latigazo / de unos ojos mirando despectivos. /…/ Un niño, un simple infante / que empieza a redimirse / del sombrío delito / de haber nacido humano.” En unos versos es capaz de grabarnos, sensitivamente en la conciencia, con toda precisión la pintura atroz e insensata del hombre y sus miserias -Sarajevo-: “La cabeza de un hombre, desgajada, / desde el hueco pulido de un bidé / muestra arrogante el último aspaviento / de inútil patriotismo.”
Manuel Prado, columnista y poeta, conduce al lector por caminos nuevos, sorpresivos, calzados de ingenio y aprisionándole en la malla de su lenguaje, lo mismo en el instante del verso corto que en el periodo del verso largo. La familia y el hogar, el deseo, los placeres, la vida y la naturaleza discurren por atrevidos juegos de palabras y espacios poblados de símbolos. Así canta en su obra Inmóvil, abanicándose en el aire, homenaje a Gerardo Diego: “Que retorné al mar sintiéndome, brisa, / a su interior, adentro, la querencia. / Los ojos, va y ven, sí, cerrados, / así como mi deseo, el mar acuda.” En Peatón de un mar inexistente persiste y profundiza en la imagen, el juego y el símbolo, tan personales: “Las vacías papeleras / y al suelo las vísceras, / días de otoño, resurrección. / Las palabras se desvanecen / la vista fija y envejecen, / letanía al viento, qué simple. / Oquedad y grito y mente, / deshielo y torrente, / germina locura en mi dedo. / Resurrección simple locura / familia, lobos y un cura / del haz de la uña retiro.” Escribe también con la musicalidad de la lengua gallega; parte de su obra la podemos leer en www.culturagalega.org/lg3/colaboracions.htm.
Ildefonso Ramiro, contertulio y portavoz también de la madurez y la experiencia, proyecta su serenidad y poesía sobre el amor humano hacia los que le rodean, sobre el hogar, la naturaleza, la tierra, la religiosidad. Traslada la trasparencia de sus actos y de su visión a la trasparencia de su verso suave, dulce y fluido. Hay ternura y asombro, como si a sus años quisiera seguir descubriendo la vida, palpando el instante. Alborada: “Ha herido al mar el cielo / y en la lisura / la ira se abrió paso / entre brumas etéreas. / Y el cielo sangró oro / en torrente luminoso / encharcando el agua / con presura.” Madre: “Ha quebrado el sol sus aristas / y ha nacido la noche anegada de estrellas. / Y en la línea difusa que marca el horizonte, / al amanecer, / llegaste tú, mujer, / inundada de fe y llena de espesura. / En el jardín del Universo, / tú.”
Yago Reis nos trae el amplio aprendizaje adquirido en su inquietud por toda forma artística, el fruto de tanto libar las sensibilidades en todas sus manifestaciones. Su poesía, sugerente y evocadora, recoge el dinamismo de sus años, la profundidad de la existencia y nos deja un aire permanente, denso, por donde se levantan y nos remueven las otras caras de la vida: Mirtos: “En la danza del insomnio / uno a uno han caído / los velos de la lógica. / El silencio no espera. / Un absurdo sin tiempo se prolonga hasta las nueve. / Y los muertos soñamos / con un piano / en el alma de los vivos.” Las sensaciones nos desbordan, como si no pudiésemos alcanzar el mundo inmenso e intenso del poeta. “Imagen, antesala de lo eterno, / mudaste toda realidad / con tus abrazos / y se nos hizo el mar / en el regazo / incorruptible / de ADIOS.”
Pablo Domingo, el benjamín de Telira, nos trae el asombro que causó en él la primera obra de Juan Carlos López: “Su libro, Olalva, me abrió los ojos de una poesía distinta: sin reglas ni corsés. Me gusta la poesía libre y casi improvisada. Aquella que habla con frases sencillas y que parece que no te está contando nada, cuando realmente está expresando algo muy profundo. Sin renunciar, por supuesto, a imágenes más o menos nietas del surrealismo. Por ello me decanto por poemas breves. El hayku es la única estrofa en la que me he dejado encorsetar y le guardo especial admiración.” Y así son sus poemas: un temblor al alma, que nos hace recolocar sus piezas: “Por si sirve de algo / o por si no, / hagamos pedazos las mentiras / y desnudémonos en las luces estivales. / Hagámoslo para ser más nosotros. / Pero hagámoslo bien, sin preparativos ni / conciencia. / Simplemente / démonos la mano / y dejémonos caer / desde el piso más alto.” “mi soledad / arrastra lluvia gris / soy un tren nocturno.” Si algún lector desea conocer los haykus de Pablo lo puede ver en http://inicia.es/de/MISTICO/haikus.zip.
Ape Rotoma es una de las almas más vivas de la tertulia. Amigo entrañable del diálogo y la polémica, lector infatigable, sostén de nuestro foros en reuniones y en la red. Se abre como un borbotón su verso largo, audaz y firme, desnudando todo lo que halla, sorprendiendo con su filo al lector, descubriéndole el polvo de su alcoba. El contenido destapa la crudeza de la existencia, se sobrepone a las reglas de la composición clásica o de cualquier manifiesto. Su poesía es un torrente en desarraigo, en lucha contra el mundo infiel y cínico, en lucha contra sí mismo, en búsqueda de su ser. “De nuevo, el game contra el play.” “No importa que perezca cualquier polis / esta tarde o aun el mapa entero y quede solo, no importan / una mismísima mierda el capital, la miseria o ambos juntos, / ni la canción desesperada de Crisóstomo o Neruda, ni la mía, / si lo es, que no lo creo.” Así se dirige al destino: “No quiero volver a sentir tu presencia, buena o mala, / quiero permanecer ya tranquilo donde me has depositado, / discurrir en un tiempo plano o limpio, no asomar ni la nariz / al escenario de tu estúpida novela; déjame en paz.”
Pedro Miguel, sin embargo, se mueve en un mundo más asentado, desde el que observa el discurrir de cada circunstancia y la deposita en poemas rítmicos y desenvueltos, de verso medido, con la sensatez y la ironía concedidas por los años. Su tono burlesco y jocoso repasa lo transcendente e intranscendente de la vida, en ocasiones de forma esperpéntica. La chispa, la mofa y la risa que pone en sus versos saltan al leerlos y dejan el sabor agridulce de la tragicomedia de la vida: Lo anecdótico, descriptivo y narrativo se entremezclan. En Los contratos de basura ironiza sobre los abusos de los poderosos y los despidos por resistirse a esos abusos: / / “Viendo que estaba de espaldas, / poniendo todo su esmero, / la acarició en el trasero / subiendo un poco la falda. / Se dio vuelta la criada / y al muchacho respondió: / “La madre que te parió”, / dándole una bofetada. / “Estoy harta, se acabó. / No me toque usted la braga / pues no se incluye en la paga / que recibo del señor”. / / El padre, sin compasión, viendo a su hijo querido / desolado y afligido / enseguida sentenció: / “Como ya no da placeres, al instante la echaremos. / / Y la próxima criada, / por si sale tan ingrata, / nos firmará una contrata / con derecho de pernada”. / Llega una nueva cultura: / Buscando un trabajo estable / encuentras un miserable / y un contrato de basura.”
César Tomé, lermeño adherido a Telira, tiene larga experiencia como poeta. Premios y cuatro obras publicadas lo confirman: Bajo este techo claro, Lunas dolientes, La otra oscuridad, y Adnaloy. Las sensaciones discurren por sus poemas, sobre todo las del amor, fundidas con la naturaleza y el tiempo: la espera y la esperanza, lo espiritual y físico, la soledad y la presencia, el goce y la plenitud: “Mi piel de tarde te busca en los títulos de las horas / y en las posturas hechas de azúcar.” Alma enamorada del amor y de la poesía: “Este asalto de amor sin aditivos.” Moldea la palabra, la acaricia, la entreteje, la sopesa, para colocarla en el lugar pretendido. Juega con ella: con sus formas, inicios, sonidos, significados: “Te pinto / como paisaje no pisado. Y / palpita en cada página de mí / la prosa pura de tu piel de pan. / De papel es, contigo, / el pozo de la pena.” Las anáforas, paralelismos, aliteraciones, junto con imágenes sorprendentes y sorpresivas, consiguen unos poemas delicados, sedosos y cautivadores: “Suicídanse las sombras / al sabernos suspiro tan sublime.”
Heliodoro Esteban se ha fundido en un fuerte abrazo con Telira; él nos ha aportado su oficio, su extensa obra, y Telira le ha devuelto el compromiso y un nuevo empuje para seguir escribiendo. Nos ha traído también con su persona y sus poemas, su entrega, la sinceridad de sus palabras, la ternura y el lirismo. Se abren sus poemas a la vida y la muerte, a la religiosidad y a lo civil, al amor y la tierra castellana, a Dios: “Cuando el otoño llegue de mi vida / y pida explicaciones a mi alma / el Dios que me empujó a la existencia, / ¿qué voz renacerá de mi garganta?” “Castilla entera me duele / como una herida en el pecho, / como una flor marchitada, / como una ausencia por siempre, / como un pertinaz recuerdo.” Es la voz del poeta que tanto la ama.
Juan Carlos López nos sorprende con su tono sugestivo y evocador. Dejan las lecturas de sus poemas unas sensaciones que se quedan flotando durante tiempo, envolviéndonos, como si no dispusiéramos del espacio necesario para abarcarlas. En Alquimia, otro premio poético conseguido por él, obra que verá la luz en breve, la reflexión, el llanto y la memoria, en una larga elegía de poemas, se funden con la impresión de lo que acontece en cada instante; se funden el presente caduco y el eterno imperecedero: “La congoja de verlo tan expuesto, / de corcho, a la carcoma. / Las manos, / por vez primera las manos, / tomándole / serenamente / el pulso a la madera. /…/ La congoja, / decía, / la congoja.” “En ese instante, / hurgó al oído / el estambre nocturno clavado / en la hierba, y sobre las cuencas, / estériles, cuajaron ladridos / presencias / repentinamente hurtadas.” En Poemia, obra inédita, sus versos son más reflexivos, presentan la vida que habíamos dejado oculta tras las cortinas: “Porque será el olvido el lugar / la vasta paramera a la que llegue / quien ahoga su voz contra las dudas, / ocupado en saber si ha de decir / que no se pierde lo que no se alcanza, / o que quedó perdido para siempre.”
Fermín Heredero, finalmente, presentó en mayo de este año, en acto organizado por Telira, su obra Entrada para la vida, premio Esquío de poesía. Fernando Gómez comenta de ella en el prólogo: “Rompe con una trayectoria anterior de versos bien cuadrados, sonoros y construidos para una lectura en voz alta. Es un libro cuyo desasosiego fundamental (el del ser humano instalado en un mundo sin referentes, el de toda modernidad, no vayamos más lejos) está traído por un verso libre que tiende hacia el versículo alucinado. Hay investigación diáfana que toca fondo sin trampas. A ello no es ajena la extrema depuración formal. Veámoslo: Fragmento de Carta a don Álvaro de Campos: “Comienza a haber medianoche: pasa un automóvil -¡demasiado rápido!-, / suena el motor de los camiones, / han acallado el piano del tercero, / alguna televisión pregona en sus mandíbulas las babas que le quedan de cerebros y tedios digeridos, / ya no oigo los pasos del segundo, / los caminos de internet vacían los vacíos, / todo va a dormir… / suenan los teléfonos de las pitonisas con contestadores automáticos / y desde otros venden palabras melosamente eróticas, / suenan las soledades a cascarilla de vómitos de vida: / he aquí el Ultimatun, el suyo, / su abismo del que no oyó más que el vago albor oscuro con que el agua resplandecía / allá en la inutilidad del fondo. / ¿Inutilidad? ¿Contradicciones de fondo en el fondo?” Aparte de las obras juveniles y de las publicadas, completan su trayectoria poética otros tres poemarios inéditos.
También sostienen este raudal de lírica ribereña los lectores y amantes de la poesía, miembros de Telira, Olga, Elías, Evaristo, Javier, Tomás, que con sus opiniones, ánimo y labor impulsan la creación de los que escribimos. Y los asistentes a las tertulias abiertas, Pilar, Elena, Chicote, Alejandro y Juan Luis, entre otros. Y sobre todo los rapsodas o recitadores Esteban Nicolás y Javier Duque, que con su voz extienden nuestra poesía y doblegan el aire de los salones, que con su tono y cadencia transportan hasta los oyentes la sustancia y el espíritu de las sensaciones. A todos nos une el amor a la palabra y la vida.
No hay manifiesto alguno ni barrotes en Telira. Sus voces son diversas y por eso enriquecedoras. Se cruzan distintas visiones de encarar la poesía, distintas posturas ante el mundo y la existencia, ante lo transcendente o lo cotidiano. Nos alegramos de ello. Pero no se asienta Telira únicamente en sus tertulias y en las creaciones de sus componentes. En la fecha en que esto se escribe hay planeadas ya distintas actividades, con la pretensión de llevar la poesía al público, desarrollar una de las más logradas facultades que diferencian a los humanos del resto de seres vivos: la facultad de sentir por medio de la palabra, la facultad de saberse ser. Y sobre todo la savia de Telira corre diariamente por su página web y por sus foros y debates en internet, abiertos a todo el mundo. A todos los lectores invitamos a ser parte activa, unos más en ellos. Usted tiene la llave. La puerta está en los foros Telira de www.dueronline.com. Brindemos con el río de los versos por la poesía de La Ribera y de todos los continentes y culturas. Larga y eterna vida a la poesía, larga vida a Telira.
